Es el pasado que vuelve...

Cecilia Mércuri, Ulises Camino y Federico Restifo, estudiantes de Arqueología

por Agencia Grafir - Servicios Periodísticos

¿Cómo va a ir en tapa una nota de arqueología?, se preguntaron en la redacción. ¿Y por qué no?, fue la pregunta siguiente. Después de todo, la arqueología es quien tendrá la última palabra sobre cómo se vivió en este tiempo. Y es probable que lleguen a conclusiones de las que hoy, no se tienen ni noticias. Y la pasión que estos chicos de veintipico pusieron para definir de qué época eran esos objetos encontrados debajo de la Plaza Flores, bien se merece una nota. El material rescatado se exhibirá en el CGP 7.

NO HAY demasiados antecedentes sobre arqueología urbana en Buenos Aires: recién bajo la gestión del Licenciado en Arqueología Marcelo Weissel (creador del programa “Bajo las baldosas”) fue que el tema, de a poquito, empezó a tomar fuerza.
Ulises Camino. Gabriel López y Cecilia Mércuri, estudiantes avanzados de arqueología, ya habían andado hurgando por el pasado del barrio de Flores. En septiembre de 2002, exactamente un año antes del hallazgo en la Plaza, en el local que hoy ocupa una cerrajería (en Nazca 313) se cayó el piso. Y allí encontraron material anterior a 1906, año en que el domicilio funciona como local comercial. El resultado de la investigación puede verse en el Banco Credicoop de Devoto, en Sanabria 2963.
Lo ocurrido en Plaza Flores fue debido a la remodelación del predio que encaró el Gobierno de la Ciudad: cerca de la esquina de Yerbal y Artigas, los obreros empezaron sus trabajos -entre ellos, remover la tierra- y aparecieron diversos objetos, entre ellos una herradura.
Enterado el responsable de la obra, pasó el parte a los funcionarios porteños, quienes llamaron a Cecilia, Gabriel y Ulises para que se hagan cargo del trabajo. Éstos, a su vez, convocaron a Federico Restifo, un estudiante inicial de Arqueología con quien habían intercambiado mails sobre el tema, porque Gabriel López no podía ser de la partida.
Primero excavaron un pozo de 40 centímetros, allí donde habían aparecido los primeros restos, donde además, obvio, apareció basura reciente (latitas de gaseosas, por ejemplo) ya que cerca de allí funcionó hasta hace poco, un kiosquito de panchos y bebidas.
Se pusieron a investigar sobre la plaza, y cayeron en la cuenta que sobre ese terreno nunca se había construído desde la fundación del pueblo de Flores, en 1806. Había sido donado por Juan Diego Flores para que sea una plaza, y desde entonces, se mantuvo así.
Recopilando datos y revolviendo papeles en archivos, encontraron un plano de Obras Sanitarias del año 1936, donde figuraba un pozo de agua de lluvia de 90 cm de ancho, que en los años ‘40 fue tapado.
Ubicaron al pozo de agua muy cerca de lo que fue la casita del guardián de la plaza. Allí, ellos mismos cavaron hasta tres metros y medio de profundidad. Mientras tanto, la gente de la obra apuraba, porque se estaba reconstruyendo la plaza y tenían trabajo que hacer. Durante septiembre y octubre, esuvieron cavando y recopilando material, entre lo que encontraron:
- Lozas europeas de los siglos XVIII y XIX.
- Botella de cerveza de entre 1860 y 1870, donde están la iniciales EB (ellos deducen que significa Emilio Bieckert).
- Botella de ginebra de Amsterdam, Holanda.
- Botella sana de Salud Pública, con forma de recipiente, que podría ser un portavelas.
- Elástico de carro.
- Pipas de caolín, que se usaron hasta 1905.
En total, clasificaron 7.000 piezas, de las cuales como mucho 100 podrían llegar a exhibirse en el CGP 7, en fecha a confirmar.
Una vez terminado el proceso de excavación y recopilación, Cecilia, Ulises y Federico comenzaron el trabajo de laboratorio, el cual pudieron realizar con todos los materiales que necesitaban en la Fundación Félix Azara, gracias a la gentil colaboración de su Presidente, Adrián Giachino.
Allí, cada resto se limpia, se embolsa y se rotula (sí, como cuando un policía va recorriendo la escena del crimen y recoge las pruebas).
Una vez terminado el trabajo de laboratorio, viene lo más difícil: determinar de qué año es cada pieza.
Los arqueólogos debemos saber un poco de todo”, dice Cecilia y debe tener razón: para investigar las lozas, se gastaron las pestañas leyendo qué material se usaba en el siglo XVIII, cuáles eran las firmas que las fabricaban... Una tarea titánica.
Es bueno saber cómo se vivía antes, qué costumbres tenían, cómo se las arreglaban, dicen los chicos que por el trabajo, debieron aprenderse la historia del barrio de Flores. Y asombran con los datos y cifras que tiran.
Es curioso, pero después, en la muestra, mucha gente ni se detiene a mirar las piezas que a ellos tanto trabajo les costó. Pero lo importante es que está, que las rescataron, habrá quién se interese y quién no, como con todo.
Con orgullo, dicen que fueron protagonistas de la primera excavación en la historia de la Plaza Flores; Cecilia y Ulises, además, están trabajando en la puna salteña, recuperando las costumbres y la forma de agricultura que usaban los nativos de hace 2.000 años. Era un sistema muy piola que bien podrían usarlo ahora los salteños para cultivar, tenían todo estudiado con el tema de las lluvias y la caída del agua, por eso sembraban con un sistema de terrazas, dice Cecilia, entusiasmada. Otra tarea para el arqueólogo: estudiar formas de agricultura.
La pregunta final los sorprende un poco: ¿por qué estudian arqueología?
Cecilia: me metí a estudiar diseño y no me gustó, como mis viejos son científicos me volqué hacia la arqueología. Estudio por el placer de conocer, que no lo mismo que conocer en vano”.
Ulises: Para saber la diversidad del comportamiento humano.
Federico: para adentrarme en costumbres pasadas, ser testigo de otros tiempos.
Antes del final, acotan que los arqueólogos trabajan casi siempre para el Estado, es muy raro que un privado quiera contratarnos, salvo cuando necesitan conseguir el sellito ISO 9001, pero lo hacen por eso, no porque les interese nuestra labor. Que acá hace falta una ley de patrimonio arqueológico que defienda el patrimonio de los argentinos. Que en Europa, un arqueólogo es como un arquitecto. Que para muchos arqueólogos, la meca suele ser Egipto, pero para otros, quizás, la casa más antigua del barrio.
El trabajo de Cecilia, Ulises y Federico podrá verse en el CGP 7 desde fines de marzo.

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