La
fiesta de Januca - Bs As, 15 de Diciembre de 2006 - Fuente:
www.barriodeflores.com.ar
A
partir de hoy y durante ocho dias se conmemora un hecho que ocurrió
antiguamente en la época del Segundo Gran Templo en Jerusalén,
hace casi veintidós siglos, cuando tuvieron lugar los eventos
que conmemoran los judío año tras año en Janucá.
El pueblo judío había regresado a la Tierra de Israel
del Exilio Babilónico, y reconstruido el Gran Templo. Pero
siguieron sometidos a diversos poderes imperiales. Primero el persa,
y más tarde los ejércitos conquistadores de Alejandro
Magno.
Con
la muerte de Alejandro, su vasto imperio fue repartido entre sus
generales. Tras una lucha por el poder que abarcó a todas
las naciones del Medio Oriente, Israel se encontró bajo el
dominio de la dinastía seléucida, reyes griegos que
reinaban desde Siria. El
Talmud cuenta que cuando Alejandro Magno y sus legiones conquistadoras
avanzaron sobre Jerusalén, fueron recibidos por una delegación
de ancianos liderados por Shimón "el Justo", el
Sumo Sacerdote. Cuando Alejandro vio acercarse a Shimón,
bajó de su caballo y se arrodilló ante el Sabio judío.
Alejandro
explicó a sus sorprendidos hombres que cada vez que salía
a la batalla, tenía una visión. Un hombre muy parecido
al Sumo Sacerdote conducía sus tropas a la victoria. Como
muestra de gratitud, y con un profundo respeto por el poder espiritual
de los judíos, Alejandro fue un gobernante bondadoso y generoso.
Canceló los impuestos judíos durante los Años
Sabáticos --cuando el trabajo agrícola queda suspendido
por orden bíblica, y hasta ofreció animales para ser
ofrendados en su beneficio en el Gran Templo. Desafortunadamente,
la historia habría de mostrar que los herederos de Alejandro
no sabrían sostener su benevolencia.
Si
bien al comienzo la dominación seléucida fue más
bien benigna, pronto habría de surgir un nuevo rey, Antíoco
IV, quien libraría una sangrienta lucha contra los judíos,
una lucha que amenazaría no solamente sus vidas físicas,
sino también su existencia espiritual misma. En
el curso de la dominación griega, muchos judíos habían
comenzado a abrazar la cultura griega y su modo de vida hedonista
y pagano. Estos judíos helenistas se convirtieron en garras
dispuestas para el plan de Antíoco de borrar todo vestigio
de la religión judía. El Gran Templo fue invadido,
profanado, y sus tesoros saqueados. Un gran número de inocentes
fue masacrado, y los supervivientes aplastados bajo el peso de intolerables
impuestos.
Antíoco
colocó un ídolo de Zeus sobre el sagrado altar, y
obligó a los judíos a arrodillarse ante él
so pena de muerte. Asimismo, prohibió a los judíos
la observancia de sus tradiciones más sagradas, como el Shabat
y la circuncisión. Antíoco
hasta llegó a proclamarse dios a sí mismo, tomando
el nombre de "Antíoco Epifanes" - el divino. Pero
incluso sus propios seguidores se burlaban de él, llamándolo
"Antíoco Epimanes" - el loco.
Jasón
y Meneláos
Su nombre judío era Ioshúa. Pero lo cambió,
como lo hicieron muchos entre los helenistas, a Jasón. Y
ofreció a Antíoco un generoso soborno para destituir
al Sumo Sacerdote y ser nombrado él para el codiciado cargo.
Era el comienzo del final de la integridad del sacerdocio del Templo.
El
"Sumo Sacerdote" Jasón construyó un gimnasio
junto al Templo, y se dispuso a corromper a sus correligionarios
con costumbres paganas y conductas inmorales. Muy pronto otro judío
helenizado, Meneláos, superó a Jasón en su
propio juego y compró el Sumo Sacerdocio con un soborno mayor,
financiado con los utensilios de oro robados al Templo.
Jasón
reunió entonces un ejército y atacó a Meneláos
en la Ciudad Santa, asesinando a muchos de sus hermanos. Antíoco
interpretó esta escaramuza civil como una revuelta contra
su trono y envió sus ejércitos a Jerusalén,
saqueando el Templo y asesinando a decenas de miles de judíos.
No fue la primera vez, ni la última, que la asimilación
y la disputa trajeron calamidades sobre el pueblo judío.
En
cada ciudad y aldea se erigieron altares con estatuas de los dioses
y diosas de grecia. Los soldados reunían a los judíos
y los forzaban a traer ofrendas y a someterse a otros actos inmorales
usuales entre los griegos de entonces. A medida que las tropas de
Antíoco hacían sentir más la presión
de su puño sobre la nación, los judíos parecían
incapaces de ofrecer resistencia. Fue
en la pequeña aldea de Modín, unas millas al este
de Jerusalén, donde un aislado acto de heroismo hizo girar
la rueda y alteró el destino para siempre.
Matitiahu,
el patriarca del clan sacerdotal Jashmoneo, dio un paso al frente
para desafiar a los soldados griegos y a aquellos dispuestos a sus
demandas. Apoyado por sus cinco hijos atacó a las tropas,
castigó a los idólatras y destruyó los ídolos.
Al grito de "¡Mi laHashem eilái!" --¡Quienes
están con Di-s, que me sigan!"-- él y un valiente
grupo de partisanos retrocedieron a los montes, donde reunieron
fuerzas para derribar la opresión de Antíoco y sus
colaboradores.
Guerra
de Guerrillas
El ejército de Matitiahu, ahora bajo el mando de su hijo
Iehudá Macabí, crecía a diario en número
y fuerza. Con
el slogan bíblico Mi Kamoja Baelím, Hashem ("¿Quién
es como Tú, Di-s, entre los poderosos?") , iniciales
de MaKaBI, grabados en sus escudos, solían abatirse sobre
las tropas sirias cubiertos por la noche y diezmar a sus opresores
para luego regresar a su campamento en las montañas. Siendo
apenas 6000 hombres, derrotaron a un fuertemente armado batallón
de 47000 sirios.
Enfurecido,
Antíoco envió un ejército mayor aún,
y en la milagrosa y decisiva batalla de Bet Tzur, las tropas
judías resultaron victoriosas. De allí avanzaron a
Jerusalén, liberaron la ciudad y recuperaron el Gran Templo.
Limpiaron de ídolos el Santuario, reconstruyeron el altar
y se prepararon para reanudar el Servicio Divino.
El
Milagro
Una
parte central del servicio diario del Templo era el encendido de
las brillantes lámparas del Gran Candelabro, la Menorá.
Ahora, con el Templo a punto de ser reinaugurado, sólo se
encontró una pequeña tinaja de aceite sagrado y puro,
con el sello del Sumo Sacerdote intacto. Bastaba para un único
día, y ellos sabían que el especial proceso necesario
para preparar más aceite llevaría más de una
semana. Sin
dejarse amedrentar, con alegría y gratitud, los Macabeos
encendieron las lámparas de la Menorá con la pequeña
cantidad de aceite y reinauguraron el Gran Templo. Milagrosamente,
como si fuera una confirmación del poder de su fe, el aceite
no se consumió y las llamas brillaron durante ocho días
completos.
Al
año siguiente los Sabios proclamaron oficialmente la festividad
de Janucá como una celebración a extenderse durante
ocho días, como evocación perpetua de esta victoria
contra la persecución religiosa.