Una
historia con muchas vueltas: La calesita - Bs As, 22 de Septiembre
de 2005 - Fuente: Pablo Medina.
En España
lleva por nombre Tiovivo; en Francia, Carrusel, pero acá en Argentina
tiene un nombre sinónimo de infancia: Calesita. La historia de
la calesita es un rompecabezas cuyas piezas no han sido unidas por la
historiografía, pero es importante intentarlo, ya que Argentina
es uno de los pocos países -el cuarto del mundo- que conserva
esta tradición. Hasta tal punto este juego prendió en
la cultura que la palabra calesita es porteña. Vamos
a jugar a la calesita. La expresión primigenia era otra:
Juego de los caballitos. Cuando todavía no existía
la diferencia entre calesita y carrusel las estructuras fijas
que sólo giran y aquellas en las que, además de girar,
los caballitos suben y bajan, el juego consistía en un caballo
con orejeras que giraban como una noria y a su lado, en una calesa (pequeños
carros de cuatro ruedas que se utilizaban en Europa central para llevar
a las ciudades los productos de la tierra), iba corriendo un hombre.
Se cree
que la primera forma conocida -según un viejo grabado alemán-
se manifestó en Turquía y llegó a Europa por el
misterioso camino de los viajeros. En Francia, Inglaterra y Alemania
se convirtió en un juego de nobles. El tiempo la hizo un juego
de niños.
El primer
juego de caballitos que llegó a Buenos Aires era francés
y se instaló entre 1867 y 1870 en Barrio Parque, que quedaba
entre lo que hoy es el Teatro Colón y el palacio de Tribunales.
Hubo que esperar hasta 1930 para que apareciera la primera fábrica,
Sequealino e hijos, una firma de herreros italianos de Rosario, que
hizo más de mil calesitas para América Latina. Con ellos
ganó la forma que tiene hoy este juego: unos treinta lugares
para ser ocupados.
En aquellos
tiempos las calesitas aparecían en los llamados huecos de la
Ciudad de Buenos Aires, espacios vacíos donde se instalaban las
calesitas hasta que los dueños decidían construir y los
echaban... Por eso es muy difícil tener una idea de cuántas
calesitas hubo en la ciudad: cambiaban de barrio todo el tiempo. Se
puede precisar, al menos, que en 1923 se instaló en Hidalgo y
Rivadavia la más antigua que hoy queda en el país, trasladada
primero al Jardín Zoológico y actualmente ubicada en Ayacucho
(provincia de Buenos Aires). La década de 1920 trajo un gran
cambio: la electricidad. Al poder mover la calesita con un motor, se
modernizó la técnica, se aceleró la marcha y se
reemplazó el organito que iba afuera por uno incorporado que
crean los hermanos La Salvia. La calesita se identifica mucho con la
idiosincrasia argentina, y porteña en particular. Este juego
que viene de Turquía y entra por Europa, tiene en común
la característica de la mezcla. Además Argentina es un
país circular, de idas y vueltas: somos hijos de gente que nació
en otro punto del mundo.
La calesita
está representada en un gran abanico de aspectos de la cultura
argentina: en la literatura -no sólo para niños, sino
para adultos- en la poesía, en la música, en el teatro,
en el cine, en la pintura, en la fotografía... hasta en la publicidad.
Este juego retoma la pasión por lo circular que siempre ha tenido
el hombre, que incluye manifestaciones particulares como el asado, el
fútbol o el tango. No se puede concebir un porteño que
no se haya subido a una calesita. La calesita aparece en los libros
de lectura para chicos desde el 1900, como texto y como imagen. Pero
una vinculación especialmente intensa es la de la calesita con
el tango, que no ignoró la presencia de este juego en la vida
cotidiana y le dedicó piezas antológicas. Hay que comenzar,
por supuesto, por la grabación más famosa: La Calesita,
poesía de Cátulo Castillo y música de Mariano Mores.
Otro tango de Castillo y González Castillo (padre e hijo) fue
grabado por Azucena Maizani: Música de Calesita,
también una versión de Ignacio Corsini. Héctor
Gagliardi escribió y recitó otros versos titulados La
Calesita. Miguel Montero le cantó a este juego en Viejo
Baldío. Por último hay una hermosa grabación
de La Calesita por Aníbal Troilo y su orquesta. El
Tango asimila La Calesita y la vincula mucho al derrotero del porteño
al punto de ponerla como título de la película que dirigió
y protagonizó Hugo del Carril: el personaje dice que su vida
termina como una calesita que da vueltas, sin lugar donde parar, siempre
en giro, siempre volviendo a empezar. Pero el tango no es la única
música que se ocupó de este juego . Hay una balada de
Leonardo Favio, Vieja Calesita, y grabaciones de Los Arroyeños.
En la literatura
hay numerosas menciones: lo hacen Leónidas Barletta, Bernardo
Verbitsky, Juan Ortíz. También en la narrativa infantil:
María Elena Walsh es autora de La Calesita Misteriosa.
Pero son muchas más las apariciones de este juego en la poesía:
casi todos los grandes poetas argentinos lo han mirado, por ejemplo
Raúl González Tuñón escribió: La
magia que da vueltas; Baldomero Fernández Moreno A
un caballo de calesitas y Francisco Paco Urondo, Bar
La Calesita.
Hoy en
la ciudad de Buenos Aires hay más de 30 calesitas. Casi todas
están ubicadas en plazas y fueron construidas por Sequalino Hermanos.
Las más clásicas tienen caballos de madera, otras tienen
distintos animales y aviones. Una de las más célebres
está en Parque Chacabuco: La Calesita de Tatín, que instaló
Agustín Ravello. Ravello hizo que Tatín (Tato Cifuentes),
un cómico chileno que trabajó en la televisión
argentina -el que decía: Yo soy Tatín, un chiquitín
juguetón- apadrinara esta calesita: también permitió
que fuera locación de la película Quiero llenarme
de ti que filmaron Sandro y Soledad Silveyra. El nombre de Tatín
pasó, por extensión a Ravello y a su hijo, el actual calesitero.
Tal vez la calesita más curiosa de Buenos Aires es la que queda
en una casa de Liniers: Don Luis Rodríguez logró que le
dieran permiso para terne su calesita en la esquina donde se levanta
su casa, él mismo la cuida, la restaura, la pinta y arregla los
caballitos. Con más de ochenta años, Don Luis no sólo
sigue en su calesita sino que escribió dos volúmenes de
Memorias de un calesitero, donde dice: Mi padre compró
la calesita que poseo en la actualidad en marzo de 1920 y venía
equipada con un caballo para hacerla girar, éste era de pelo
zaino y obedecía al nombre de Rubio. Y concluye:
Hay que cuidar las calesitas como se cuidan las plazas, porque
son parte de la infancia y el niño es el padre del hombre. Si
cuidamos al niño, recuperamos el futuro. Eso nos permitirá
acercarnos al ideal de sociedad que queremos: una que respete la memoria.
Nota
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