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En Argentina todo cambia aunque sigua igual - Bs As, 13 de Noviembre de 2005 - Fuente: www.barriodeflores.com.ar

El Siglo XX no ha sido otra cosa que lo que expresa la filosofía popular a través del tango Cambalache, según lo afirman los sabios versos de Enrique Santos Discépolo; es decir, un amontonamiento de objetos de diferentes calidades, unos junto a otros, sin ton ni son, sin orden ni concierto alguno; pero, como dice la letra del tango, dónde todo "es igual y nada mejor", "lo mismo un burro que un gran profesor", como lo testimonia algunos versos de la letra de un tango paradigmático que se escribiera durante la primera mitad del Siglo XX en la porteña Buenos Aires. Esta expresión del sentir y pensar popular significaba, allá por los lejanos años '30, que los valores existentes hasta entonces, habían arribado a un punto de disipación y confusión total con respecto a lo que podía llegar a considerarse su autenticidad, si es que alguna vez tuvieron algo de auténticos. La democracia argentina decepciona a los ciudadanos, después del largo esfuerzo realizado para conquistar el derecho de elegir a sus gobernantes, encontrándose extraviada en un cambio democrático superficial y desalentador. Una nueva casta de políticos o no tan nueva, entre ellos algunos verdaderos parásitos del poder, invaden el escaparate electoral y obtienen beneficios personales.

Las viejas y recordadas cajas P.A.N. (Plan Alimentario Nacional o algo por el estilo) que emanaban de la presidencia de Alfonsín, si bien eran una versión remozada del mito asistencialista creado por Perón (con las botellas de sidra con su imagen cómo paradigma) se constituyeron y constituyen (con el nombre de Plan Trabajar con Menem y Plan Jefes en la actualidad) en la sólida instauración de un Estado dadivoso (ni benefactor ni liberal), que se ajusta perfectamente a la idea de una nación envilecida por los lazos de vasallaje dignos de la época feudal. Tras la crisis inflacionaria que produjo el estallido financiero y social de 1989, surgió un principio político, envestido de ribetes míticos. "No se puede contra el aparato", el adagio hace referencia a la imposibilidad de que un partido, fuerza, facción o líder opositor, pueda derrotar en los comicios electorales a quien represente al oficialismo. Los orígenes de este mito, provienen seguramente, de la frase popular y puebleril que afirma con sabia picardía, que en una carrera de equinos el que ganará es el caballo del comisario. No solamente porque existían pocas posibilidades de vencer al animal del hombre con mayor poder en el pueblo, lo más importante sea quizá, que existía un nulo deseo de triunfar sobre el poderoso (tanto por el temor a represalias cómo por la afección a la comodidad de mantener el estado de cosas). Salvo que la propia incapacidad del gobernante, haga que el propio gobierno se le disipe en las manos (tal como ocurrió en la crisis citada y que dio nacimiento simbólico al presente mito) el oficialismo jamás puede perder una elección y por tanto esta condenado a eternizarse en el poder.

Esta conclusión, tajante y contundente, cobra entidad real en las disputas electorales. Los oficialismos o gobiernos de turno, de unos años a esta parte, si bien no pueden perder elecciones (si el ejemplo del caballo del comisario no vasto; hay que imaginar toda la colosal estructura prebendaría y financiera que no por nada se denomina "aparato") pueden perder la gobernabilidad o pueden renovarse por la traición de los mismos socios oficialistas. La oposición, como naturalmente ocurre con las oposiciones políticas, ansía llegar al poder, pero al no poder triunfar en el ámbito señalado por la constitución y los principios democráticos, busca exhaustivamente hendijas, huecos, filtraciones del oficialismo, para agrandarlas y hacer que el partido gobernante, pierda la gobernabilidad para luego, perder el poder. En la actualidad y en todos los niveles (municipal, provincial y nacional) cuando surge un problema de significativa consideración, el oficialismo acusa a la oposición "de querer dar un golpe institucional" (esta frase también es mítica, cómo desprendimiento del mito primigenio) y la facción acusada, responde acusando a los gobernantes de tener actos hegemónicos y totalitarios. En verdad ambas partes tienen razón. La supremacía con la que cuenta el oficialismo para competir en una elección, y poner en juego su continuidad, es tan obscenamente abismal con respecto a la oposición, que a está, le queda el camino de la explotación o aumento significativo de problemas de gobernabilidad, para tomar el poder. El mito de que "no se puede contra el aparato" y que nos da a entender que el oficialismo jamás puede perder una elección, al estar tan asimilado tanto en la clase dirigente como en la ciudadanía, condiciona con vehemencia, los escenarios políticos e institucionales.

Los recambios o renovaciones de fuerzas políticas o de nombres, no sólo pueden darse por estallidos sociales o la continua pérdida de la gobernabilidad, se dan también por las escisiones o traiciones. Al finalizar una elección, en la cuál no se le pudo vencer al aparato, al ganador se le rinde pleitesía desde todos los sectores. No se trata de una mera actitud obsecuente, sino de una estrategia política. En la asunción del ganador, se habla de generalizar lo particular (todos somos argentinos, todos queremos el bien de la patria, todos...) para que en definitiva, todos, tanto oposición como oficialismo, no se queden fuera del reparto de la cosa pública. Al gobernante le conviene tener un amplio respaldo, casi absoluto, y a los opositores no les conviene enfrentarse al gobierno. Desde el núcleo gobernante, surgen las alternativas más válidas de oposición. Hace no mucho tiempo atrás, esto era considerado una traición, en la actualidad es uno de los recursos más utilizados. Los ejemplos se pueden mencionar a borbotones: Raúl Romero Feris en la provincia de Corrientes (llego de la mano del pacto autonomista-liberal y en el gobierno fundo su propio espacio, el partido nuevo), Gildo Insfrán en Formosa (llegó de la mano de Vicente Joga y en el poder lo abandono), Carlos Rovira en Misiones (se separó de su hacedor Ramón Puerta en plenas funciones). Lo cierto es que un día decidieron cambiar de partido (algunos más de una vez) y les llovieron los palos. Ellos juran que la decisión fue dolorosa, pero necesaria. "No es que yo haya sacado los pies del plato, es que el plato se corrió", definió Jorge Telerman, cuando era dirigente de la Alianza, previas escalas en el menemismo, el duhaldismo y el belizismo. Gustavo Beliz, Pacho O'Donnell, José Octavio Bordón, Marta Oyhanarte, Patricia Bullrich y Dante Caputo son otros casos paradigmáticos de "desertores".

El sociólogo Ricardo Sidicaro alguna vez dijo: que los cambios de partido son tan frecuentes "porque las identidades políticas actuales son débiles y crean poco compromiso". Sidicaro apunta que no es fácil pasarse de la extrema izquierda a la extrema derecha, pero que "el espectro de 'centro razonable' se ha vuelto tan amplio que los sujetos se mueven con facilidad". Patricia Bullrich, se desempeño como secretaria de Política Criminal y Asuntos Penitenciarios de la Alianza, conoce el paño: dejó el menemismo junto con Beliz y Jorge Argüello, formó con este último Unión por Todos, gambeteó una oferta del cavallismo, trabajó con León Arslanian, y continúo con Menem.

Jorge Telerman, ex embajador en Cuba durante el gobierno de Carlos Menem. Fue militante comunista, vocero de Antonio Cafiero, candidato de Eduardo Duhalde y, última posta, hombre de Beliz. Como Bullrich, Telerman jura que "sigue peronista ". Actual vicepresidente del gobierno de Aníbal Ibarra.

El consultor Rosendo Fraga recuerda que "el cambio de partido no es un fenómeno nuevo en la política argentina". El surgimiento del radicalismo a fines del siglo XIX se hizo sobre la base de dirigentes del mitrismo y el autonomismo, y el peronismo se inició "como una confluencia de socialistas, nacionalistas, radicales y ex conservadores". Fraga que no cuestiona los pases de partido: "En política, lo importante es el resultado. Si un candidato tiene éxito electoral, pasa a un segundo plano si se pasó o no de partido".

Un precursor, Pacho O'Donnell, cree que "a veces, hay que cambiar para seguir siendo uno mismo". O'Donnell fue radical hasta que, seducido por Carlos Menem (de quien luego fue secretario de Cultura) se pasó al peronismo. "Fue una sincera y durísima decisión. También la tuvo que tomar Chacho Alvarez cuando pasó del peronismo al Frepaso", compara O'Donnell. El actual vicepresidente de la Nación, peronista de siempre, se rebeló en 1990 contra el menemismo y fue conformando primero siglas propias, más disidentes que otra cosa, hasta que en 1994 pasó al Frepaso. Junto con José Octavio Bordón, fue candidato en 1995 al mismo puesto que hoy ocupa. Bordón, ya se sabe, pasó también del peronismo al Frepaso, que abandonó en Febrero de 1996 después de haber conseguido cinco millones de votos en la elección presidencial. Y volvió al PJ. Carlos "Chacho" Alvarez solía decir en la intimidad que Bordón cometió entonces "el error de su vida", una opinión común en la clase política argentina... y entre muchos de sus votantes.

El caso de Dante Caputo (secretario de Ciencia y Técnica de la Alianza), es especial: es el único de nuestros "transmutados" al que se declaró oficialmente reo de traición. Expulsado de la UCR en Mayo de 1995, el Comité Central del partido lo declaró "aleve" a la causa. "Aleve" es un vocablo jurídico en desuso que significa, justamente, "hacer traición". "Caputo prestó servicios a la fórmula Bordón-Alvarez, claramente enfrentada a la UCR", argumentaron los miembros del Comité. Ya en el Frepaso, Caputo fundó su propia línea, Nuevo Espacio. Cosas de la vida, volvió a trabajar codo a codo con la UCR, su viejo partido del que había dicho: "Se ha vuelto autista: se desgrana luchando por cargos la mayoría de las veces inexistentes".

El caso de María Julia Alsogaray se ubica casi en el otro extremo. Siendo una mujer exitosa en el campo del liberalismo argentino de los ochenta, su saltó al menemismo fue pragmático, ambicioso, desencarnado y con un ingrediente de negocios que hoy se ventila en la Justicia. Muy diferente fue el salto patético de Adelina de Viola (la otra mujer estrella de la UCeDé en aquellos tiempos), que saltó del liberalismo al peronismo, previo aprendizaje de la marcha peronista, que a todos los liberales les sigue costando digerir. La lista es enorme y sus variantes también, y además de los que se fueron, están los que se deberían ir. Lo que es seguro es que antes se rompía "por derecha" o "por izquierda" y ahora se rompe por interés personal, por acuerdos económicos, por un mejor puesto en la lista de legisladores de la ciudad, o simplemente por encontrar un lugar bajo el sol.

El legislador justicialista Cristian Ritondo anticipó que dejará el bloque de diputados nacionales del PJ para conformar una bancada de referentes peronistas que apoyen el proyecto de Mauricio Macri, y consideró que el presidente de Boca Juniors debe postularse como jefe de gobierno de la ciudad en 2007.
"No voy a estar en el bloque oficialista de diputados nacionales", sostuvo Ritondo en declaraciones el 3 de Noviembre del corriente mes y tendió un puente hacia el duhaldismo al afirmar que analizará "la posición que tomen otros grupos de extracción peronista, en especial los bonaerenses". La lista de los que se pasaron de bando es larga y muy extensa, (Aníbal Fernandez, Alberto Fernandez, Felipe Sola, Silvia la Ruffa, Milcíades Peña, Eduardo Lorenzo Borocoto) la mitología política de cómo llegar al poder (dando un golpe o traicionando) y que hacer una vez en él (repartir dádivas) absorbe actos institucionales y republicanos (votar) y también los transforma en mitos.

Mucha gente aún sigue creyendo que en las elecciones se eligen a los representantes. Muchos niños no salen a divertirse a la siesta por temor al pombero o al hombre de la bolsa. Son mitos, invenciones supuestamente reales que la incorporamos como dogmas, y que poseen una finalidad. En un caso que los infantes no salgan de la vista y el control de sus padres, en otro que la gente no salga del yugo y la subordinación del patriarca o patrón.


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