Bs As, de de 2008 - Fuente: Jorge Enriquez

El paraguas de la criminalizacion de la protesta social

Tal como lo adelantara, en la edición del pasado Jueves, vinculado al derecho de reunión y a la anomia y pasividad deliberada para evitar la violencia que se genera a través de la degradación de aquel, subyace la denominada “criminalización de la protesta social”.
Es una de las expresiones más estúpidas acuñadas en los últimos tiempos, pero cabe reconocerle un buen efecto de marketing, ya que ha hecho carrera.

De acuerdo a la postura implícita en ese slogan, el Estado no puede hacer nada para prevenir, impedir o sancionar la comisión de delitos, si la ejecución de éstos viene envuelta en el manto sagrado de la protesta.
Los demás derechos poco valen. El derecho a transitar libremente, el derecho a trabajar, el derecho de propiedad, el propio derecho de expresión - positiva o negativa - de los que no protestan, el derecho de los que protestan contra los que protestan, y todos los demás derechos imaginables quedan postergados frente a este superderecho, que puede ejercerse de la manera que a los generales de la protesta se les ocurra.

La democracia es, por un lado, el gobierno de la mayoría. Por otro, es un estilo de vida, que se caracteriza por el pluralismo, la tolerancia, el sometimiento de todos a la ley, entre otras cosas.
La libertad de expresión hace a la esencia de un sistema democrático. Es como el oxígeno de la democracia. Cuando se ejerce a través de la palabra hablada o escrita, no puede censurarse en forma previa de ningún modo.
Pero la cuestión es distinta cuando se pretende avasallar derechos de los demás, como la propiedad o la libre circulación. En tal caso, el derecho a la libre expresión debe compatibilizarse con los otros derechos. Si a mí no me gusta una persona, aún por motivos muy válidos, no tengo derecho a destruirle la casa y a justificar esa acción bajo el manto de la libertad de expresión.

El tema es bastante obvio, pero en la Argentina de hoy conviene recordarlo. Del mismo modo, conviene recordar que nuestro gobierno es representativo y republicano (art. 1° de la C.N.) y que el pueblo no delibera ni gobierna sino a través de sus representantes (art. 22 C.N.), por lo que cualquier grupo que se arrogue una representatividad que no le fue conferida legalmente y en virtud de ese falso título pretende "gobernar" en nombre del pueblo comete el delito de sedición.
Es que ellos aspiran al heroicismo de los dictadores; prefieren las botas a los votos; la llegada a sangre y fuego antes que la investidura legal y serena por medio de las elecciones..

En ningún país civilizado esto sería admitido. Las democracias más avanzadas han ensanchado la esfera de la libertad individual hasta extremos insospechados en otras épocas, pero siempre con un límite preciso, que es no causar daños a terceros. El "alterum non laedere" de los romanos (no dañar a otro) es prácticamente el fundamento mismo de todo orden jurídico racional.
El primer elemento de una sociedad civilizada es el monopolio por parte del estado de la fuerza pública No pueden caber dudas sobre el derecho y el deber del gobierno de utilizar todos sus recursos para impedir actos que importan una inadmisible utilización de la violencia y un empleo abusivo del espacio público en perjuicio de una enorme cantidad de ciudadanos.

No se trata, por lo demás, de expresiones espontáneas de descontento, que afloran más allá de todo dique de contención, sino de muy organizadas puestas en escena destinadas a conmover la paz social. Claro que hay sectores marginales que en su desesperanza pueden sumarse de buena fe a estas actitudes; pero no son ellos quienes las promueven, sino aquellos que se arrogan temerariamente una representación que el pueblo no les ha conferido y lanzan proclamas sediciosas.
No es posible que pequeños grupos lleven adelante conductas antidemocráticas. La protesta pacífica puede desarrollarse de mil formas diversas sin necesidad de perjudicar a los demás ciudadanos.

No es tolerable que se organicen desfiles de milicias encapuchadas y con palos, que recuerdan a los camisas pardas, a la Liga Patriótica o a las SS, o para estar más acorde con el presente, al KKK. Vamos camino a debilitar el principio básico de las sociedades civilizadas, que es el monopolio por parte del Estado de la fuerza pública. Así, en virtud de nuestra idiosincracia pendular, pasamos de la fuerza sin ley a la ley sin fuerza: toda autoridad nos resulta sospechosa.
Es un tema preocupante que no debe tomarse a la ligera.


 

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